Al contemplarme en los paisajes marinos de Antonio Villarroel Bastardo me percibo desde el eros de la pintura. En sus playas coloradas las nubes son espuma y explosión. El mar es tierra azul; salpicaduras malvas; manchas cetrinas in crescendo. El sol -cuando hay sol- es un fósil naranja o un arrebato.
El artista nos extiende un trampolín para zambullirnos en lo primario. Los cuadros de Antonio no huelen a mar o a pintura, sino a plastilina. El uso de esta materia hacedora, junto con el creyón, confiere a los playones una presencia jocosa, lúdica, vinculada a su carácter escolar y a las memorias que derivan de esa singular etapa en nuestras vidas. Asimismo, sus lienzos no son de tela de lino, de cáñamo o algodón; son tablas de MDF, un aglomerado de fibras de madera aglutinadas con resinas sintéticas. La levedad y versatilidad del MDF brindan un soporte adecuado para la ejecución y exhibición de las obras, operando a la vez como ilusiones conceptuales del formato pictórico convencional.
Cada Playa Colorada amplía el horizonte del horizonte. Tal es el caso de los Trípticos y de la Playa Infinita, donde el mar se funde (y confunde) con los límites del cuadro, desplegando un espacio sensorial que nos conduce a los albores de nuestra percepción; saturando el espacio de la mirada con vívidas oleadas de color; e invitándonos a explorar juguetonamente las riberas del acto creador.
Yucef Merhi

















